25.10.09

Domingos.

He amanecido grisácea, con el frío astillado en los huesos, con su ausencia clavada en la piel, hallando sus palabras nada más abrir los ojos. Es el suplente aceptable para la carencia de su presencia. Su voz y todas las letras metódicamente predispuestas en lo que me dice. No soy capaz de dejar de recordar el sabor de todas las vidas que han ido arrebatándome felicidad y al mismo tiempo sonrisas, pero quizá esto sea diferente. Es posible que en el instante en que la luz dorada comienza a filtrarse por la venta y a acariciar mi piel, el mundo cambie. Tal vez ha llegado el momento de dejarse atrapar por la música, ficticiamente realista, y olvidar las preocupaciones. Ha vuelto esa sensación que tanto echaba de menos. He vuelto a flotar sobre las aceras sin importarme quién pudiera asustarse por mi desmesurada bipolaridad. He vuelto a soñar. Semidesnuda sobre gélidas baldosas y humo. He vuelto a los excesos sin remordimientos. Ha regresado la armonía. Y me aferro a ella con posible desesperación, o quizá ensimismamiento, como si toda mi existencia dependiera de eso. De una voz, melódica y perdida en la distancia, cada vez más cerca. Cada vez más real. Y al mismo tiempo menos dolorosa. Al igual que mis heridas. Porque el aullido a la Luna acaricia mis cenizas, porque las presencias socialmente prohibidas y la lejanía de espíritus de madrugada se sincronizan, sintonizando con el escueto cromatismo de mi vida. Y ahora el Sol me deslumbra la sonrisa. Los recuerdos han dejado de hacerme daño al perseguirme.