14.9.09

Tejidos.


Ya no sé quién me lee o quién deja de leerme. En realidad me da igual. Llegó hace tiempo el momento en que rebasaron los límites de la curiosidad y ya no sirve de nada intentar esconderse de sus ojos. Por muy escurridiza que sea, siempre me encuentran. Y puede que no entiendan nada, pero se alimentan de mis palabras insulsas y, mayormente, ausentes de emoción (quizá sólo aparentemente) para resurgir de unas cenizas que no les pertenecen.
No puedo dejar de escribir y me desespero, porque no lo entiendo. No comprendo qué necesito decir cuando ya no me queda nada dentro. He dejado de distinguir la tormenta que no ha llegado a estallar, pero sigo buscando sus palabras para cuando todo lo demás me falta. Es como si el mundo entero conspirara en mi contra para obligarme a depender de esa realidad con la que están todos conformes. Y mientras yo me sigo tragando la verdad, lo que a veces se me rebela dentro y trata de huir por cualquier lugar.
He dejado de pensar. No hay nada trascendental, a parte de lo que no quiero ni sé exteriorizar, o por lo que aún no me quiero preocupar, que me exija recapacitar. Sigo viviendo sin vivir, o realmente viviendo, o soñando, o lo que sea, y de momento no espero mucho más de mí.